
Una obviedad: Emilia Pérez no deja a nadie indiferente. Son demasiado escabrosas las realidades que va hilando: la narco-cultura, la identidad transgénero, la barbarie, el machismo, la mexicanidad. No lo hace más sencillo el hecho de que el filme no fuera rodado en México, sino en Europa; que el director, Jacques Audiard, sea francés; que la actriz protagónica sea española, y que las secundarias sean estadounidenses de origen latino.
La travesía de Emilia Pérez por las pantallas, los medios de prensa y los festivales más rutilantes del mundo desarrollado, además de los escándalos que han acompañado la película, no me ha sorprendido. Más bien me ha llevado a explorar con paciencia borgiana el laberinto de significados que lleva a algunos a sentirse extasiados con Emilia Pérez y empuja a otros –yo incluido– por el camino pedregoso de la indignación. Hablaré primero de las razones más bien epiteliales de mi indignación; luego, del éxtasis, que me parece más inasible.
¿Por qué, si no me sorprende, me indigna que un filme como Emilia Pérez, que está muy bien hecho, compita por la Palma de Oro en Cannes, arrase con los Premios César y rompa récords de nominaciones a los Óscar? Quizás por la poca visibilidad del cine latinoamericano en estos espacios que controlan el consumo global y tienen la última palabra sobre qué títulos de hoy formarán parte de la historia, mientras otros caen irremediablemente en el olvido. Los aplausos a Emilia Pérez me llevan tristemente a pensar en los que no se llevaron películas como Yana-Wara (2023), El ladrón de perros (2024), Sugar Island (2024), Corazón azul (2021) y tantas otras que ofrecen dimensiones únicas de la sensibilidad latinoamericana y podrían –si el orden y los centinelas del séptimo arte fueran otros– imaginar otras formas de vivir el cine.
Realizadores latinoamericanos como Ospina, Mayolo, García Espinosa, Coyula y muchos otros han escrito sobre la fuerza del ojo primermundista y lo seguirán haciendo. Pero, como el español, al decir del propio director de Emilia Pérez, es el idioma de “gente pobre y migrantes”, es sencillo, quizás, hacer oídos sordos. No hay sorpresas aquí, ni tampoco las hay con las declaraciones de la actriz principal contra las prácticas religiosas y lingüísticas de migrantes en España; ni con su cancelación en Hollywood a raíz de esto, a pesar de la ya precaria visibilidad de individuos transgénero; ni mucho menos con que Jacques Audiard sintiera que no necesitaba investigar mucho sobre México y que ya sabía lo que tenía que saber.

Preso en la montaña rusa de emociones que el narco-melodrama de Emilia Pérez me ofrecía, dentro y fuera de su diégesis, no he parado de preguntarme si acaso todo esto no será un chiste, una parodia exquisitamente armada. La solemnidad con que los mandamases del cine tomaron la película me hacía pensar en ella como un ejemplar posmoderno de esos caracoles gigantes contra los que los soldados se baten en desigual batalla en algunos libros medievales. La presencia de esos caracoles guerreros, dibujados –más allá de la escala– con intrigante fidelidad, revela cómo ciertos universos adquieren vida propia más allá de la experiencia empírica, una constelación de palabras y cosas (que Foucault llama episteme) que hoy resulta absurda, quizás, pero cuyo terror pudo atravesar las armaduras de ciertos caballeros.
En algún rincón de esa imaginación que hoy domina el significado de lo que es ser Otro, acaso todos esos seres diversos cantan y bailan al mismo ritmo: alteridades de género, raciales, étnicas, lingüísticas, sujetos marginalizados, unidos todos en su circunstancia de no ser el sujeto dominante. Existe una fascinación entre no pocos espectadores “globales” –que es a la vez miedo y regocijo– por la barbarie latinoamericana, la miseria, la violencia, la superstición, como la hay por la vulnerabilidad casi divina de sus sujetos, lo exótico de su música y su cultura. Ha existido también, desde hace mucho, la tendencia a presentar la alteridad de género como peligrosa, criminal y a la vez sublime, trágica, misteriosa. Muchos de los audiovisuales sobre Latinoamérica que terminan consagrándose internacionalmente marcan algunas de estas casillas; Emilia Pérez las cubre todas.

