
Mucho hay y habrá que decir sobre La pecera (2023), película puertorriqueña de Glorimar Marrero. Está el simbolismo directo entre el cuerpo minado de cáncer de Noelia, la protagonista, y el territorio de la isla de Vieques contaminado por desechos bélicos. Está la metáfora en sí de la pecera que captura no solo la frágil circunstancia de un cuerpo enfermo, aislado por familiares y por el sistema médico, del océano de la vida para su propia supervivencia; sino que también revela eso que Marisel C. Moreno describe en Crossing Waters como la doble naturaleza del mar Caribe: un espacio que conecta y a la vez aísla a sus habitantes.
La pecera, además de una narración del coloniaje en Puerto Rico, es para mí un epítome de lo que sería un filme caribeño decolonizador y me refiero con esto a la manera en que devuelve a la sensibilidad caribeña imágenes y sonidos de nuestras islas que el discurso hegemónico ha convertido en estereotipos, que el audiovisual de diferentes centros de poder global ha terminado acuñando como tropos caribeños, alejándolos —paradójicamente— de nuestra experiencia cotidiana: Imágenes de sol y playa. De gente que canta y ríe. También, la imagen del huracán, la pobreza y la enfermedad.
Desde que Colón fuera por sus islas bautizando tierras como las más hermosas hasta la última publicidad del Iberostar, hay convenciones creadas para hablar de lo lindo del Caribe, tanto como de lo feo —el cólera en Haití, los balseros en Cuba, por ejemplo… Los nuevos y viejos medios convierten estas imágenes y sonidos que circulan y se refuerzan mutuamente en un espectáculo que, como dice Jossiana Arroyo en Caribes 2.0, desplaza las dinámicas de lo real. A la vez, nuestro trópico es muy esencialmente de sol y playa, y la risa y la música como la pobreza son parte de la experiencia cotidiana del sujeto caribeño. Constituyen, sin embargo, piezas de una realidad que parecen descolocadas, que carecen de sentido verdadero, en el espectáculo del Caribe que se vende por ahí.
Desde el primer fotograma de La pecera, donde vemos a la protagonista imaginarse en el mar de Vieques sumergida en la tina de su apartamento en San Juan, hasta el último, donde esta experiencia se vuelve material; la búsqueda de esos instantes tan sutiles y nuestros adquiere para la protagonista y para el filme en sí una dimensión existencial y política. En la introducción del filme, Noelia vive una suerte de exilio en San Juan —dibujado aquí como un paisaje urbano, dominado por edificios y autobuses donde el sonido sordo de las máquinas acompaña la vida. Como pez fuera de sí, Noelia evoca el océano de forma conceptual: luces de azúl neón, performance, fotografías… Sus actos condensan la experiencia quizás de muchos viequenses que han tenido que dejar su mundo huyendo de la contaminación y la enfermedad para reinventarlo en otros lares. La directora Glorimar Marrero no hace tribuna con esto, no lo necesita porque la realidad de Noelia se reconoce en su universalidad, es la experiencia de muchos migrantes.
Ya en Vieques, La pecera deja atrás las evocaciones abstractas del azul para mostrarlo en su estado natural, mientras el sonido del universo marino se mantiene en los cimientos de cada plano. Noelia comienza entonces a registrar con su teléfono todo esto que ve: caballos salvajes, por ejemplo. “Tú nunca has visto un caballo, ¿eh? Son caballos, no unicornios”, le dicen. No es lo exótico de esta imagen, sino su cotidianidad lo que quizás la motiva. Decolonizar en el registro caribeño quizás sea, entre otras cosas, devolver lo maravilloso a su condición real. Y hay muchos actos de este tipo en La pecera. El ron, por ejemplo, ese brand de Caribe, se regala aquí en botella de plástico sin label y con el apodo de “un cariñito”.
Quizás porque lograr una película suele ser el trabajo de toda una vida para un realizador caribeño —Glorimar invirtió una década de sí en La pecera—, nuestro cine tiende con frecuencia a entregar la realidad en cucharadas grandes al espectador, sin confiar plenamente en su capacidad de percepción crítica. Lo (necro, bio) político en el universo de La pecera, sin embargo, se revela con una sutileza cinematográfica que eleva y sacude. Como en ese momento en que Noelia mueve bolsas de ropa que se acumulan sobre su cama para acostarse, donde cada bolsa cuenta como una persona muerta por la contaminación en Vieques, donde el cuerpo de la protagonista va preparándose para el lugar que pronto le tocará.

