
Oppenheimer (2023) de Christopher Nolan tiene material de obra maestra. En el héroe de Nolan hay algo de Charles Foster Kane y algo de Michael Corleone. Sin embargo, las tres horas de batalla de Oppenheimer en su propio laberinto nos dejan una extraña incomodidad, quizás indignación, esa que quizás pueda sentirse ante el coqueteo de alguien que ya no se ama, de un amor que, aunque profundo, dejó de existir hace tiempo. Este es un filme sobre Oppenheimer como creador y destructor de mundos; personaje droga (fármacon): cura y veneno simultáneamente, héroe de mil caras. ¿Acaso no hemos visto esta historia ya demasiado, una y otra vez?
Parecía en algún momento de los últimos años que íbamos a pasar la página del culto al héroe-tirano-monstruo. El camino hacia el cine ha sido empedrado con figuras así, quizás incluso desde la aparición del Profesor Barbenfouillis de Méliès. Fiel al perfil del tirano-monstruo de Joseph Campbell, Oppenheimer es tanto una leyenda como una pesadilla, inflado con un ego que es una maldición para sí mismo y para otros, torturador de sí y de los demás. Parecía que héroes como Oppenheimer ya no serían sujeto de adoración, al menos en el dominio del cine. Parecía que otras películas lograrían exorcizar nuestra imaginación, y quizás el mundo real, de hombres como Oppenheimer…
Además de compartir el año de estreno, 2023, y el mismo tipo de protagonista; El conde, de Pablo Larraín no puede ser más diferente de Oppenheimer. Incómodo, incomodado —como le debe ocurrir a muchos chilenos— por la existencia de Augusto Pinochet, Larraín hace en El conde su retrato. Siendo la estampa de un dictador latinoamericano, el Pinochet de Larraín pudo —casi por derecho propio— haber recibido el toque de mística que dicta la tradición, en línea con el Manuel Estrada Cabrera de Miguel Ángel Asturias o el Trujillo de Vargas Llosa. En la narrativa del dictador de América Latina, hay, junto al sempiterno horror, algo de orgullo en los hombres que capturan con su pluma o con su cámara de la vida del tirano todopoderoso y en los hombres que lo leen o lo observan enjaulado en la ficción. Sin embargo, en la representación de El conde no hay horror ni orgullo, su protagonista está hecho a la medida de ese Hitler bufonesco que nos regaló Chaplin en El gran dictador.
Podría decirse que los últimos 20 años de la carrera de Larraín explican este Pinochet tan singular, desde su exploración de la banalidad del mal en Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010) hasta su defensa en No(2012) de la felicidad como arma para debilitar gobiernos que giran en torno al terror. En estas tres películas, aunque de forma elíptica, Pinochet está presente, es una presencia fantasmal, que atormenta a los personajes. Sus biografías Jackie (2016) y Spencer (2021) también probablemente contribuyeron a la comprensión del efecto que figuras masculinas poderosas tienen sobre sujetos vulnerables.
Más que un héroe omnipotente, el Pinochet de Larraín es un pobre diablo, un vampiro sediento de atención y desangrado por la esposa y los hijos. Pinochet es un Conde (Drácula) retirado de la vida pública, asfixiado por el peso de su propia inmortalidad y, tal vez, la conciencia de que no hay sociedad en el mundo pueda satisfacer su ansia infinita de admiración. Aunque Larraín convierte a Pinochet en vampiro, o precisamente por esto, la figura del dictador latinoamericano pierde su hechizo, se manifiesta como lo que es: un significante vacío detrás del cual se esconden los individuos más ordinarios. En El Conde, Pinochet es verdaderamente un héroe de mil caras: un soldado realista de cuando la Revolución Francesa, descendiente de Margaret Thatcher, maestro de un mayordomo del zarismo ruso. Sin embargo, aunque suene paradójico, estas conexiones absurdas y arbitrarias son cualquier cosa menos absurdas y arbitrarias. Todas estas son figuras que se refuerzan mutuamente, engendrándose unas a otras, y sirviendo a la causa común de —digámoslo sin tapujos—, el universo de la dominación masculina.
El mapamundi que sugiere la metamorfosis de Claude Pinoche en el Conde Pinochet cuestiona no solo los fundamentos del liderazgo falocéntrico en la historia moderna, sino también cómo el cine ha naturalizado una dinámica bien reductiva entre hombría y poder. Bajo la luz de El Conde, los dilemas de Oppenheimer con la bomba atómica —¡ese drama armado por Christopher Nolan que tantos aplausos ha recibido y recibirá— no tendrían el aire romántico de un Dr. Frankenstein, sino que serían más bien un espejo de los caprichos infantiles del Ken de Greta Gerwig.

