
El tiempo vuela, cura todas las heridas, es oro, pone todo en su lugar. El tiempo es también un espejismo, una metáfora, un tótem… Tótem (2023), película de la mexicana Lila Avilés, habla en varios niveles al espectador de nuestro tiempo. De ahora mismo, es el discurso en el cine latinoamericano sobre la casa, sobre la enfermedad, sobre la niñez. Como Avilés, durante las últimas décadas un número inusual de directores ha puesto su cámara sobre estos asuntos. Y está también en Tótem esa búsqueda del padre en el crepúsculo de todos tiempos que inmortalizara Juan Rulfo en su novela Pedro Páramo y que revive a cada rato en la narrativa de la mexicanidad, por ejemplo, en dos filmes contundentes de ahora mismo como La caja (Lorenzo Vigas, 2021) y Alamar (Pedro González-Rubio, 2010). (Y, bueno, está la muerte.)
Aunque Tótem da su propio testimonio fílmico sobre cada uno de estos asuntos, desde la casa a la niñez, es quizás más sobrecogedora e inusual la experiencia que presenta en relación con el tiempo en sí. A nivel visual, están los largos planos secuencia. A nivel narrativo, está la demorada espera de la protagonista, Sol, por su padre, Tonatiuh. Hay, además, siempre alguna dosis de desconcierto al conocer el tiempo cercano de una muerte, más en el caso de alguien joven como Tonatiuh que parece dejar una vida por delante. Ese desconcierto, que nos une tal vez a todos los espectadores de este mundo, contagia a la familia de Tonatiuh mientras prepara el que probablemente será su último cumpleaños.
Se ve algo de cotidiano, de familiar, en los preparativos de la familia de Tonatiuh que es a la vez secreto y oneroso, que nos mantiene al vilo porque nos habla, como sin querer mencionar nuestro nombre, del reconocimiento cotidiano de cada persona sobre su propia finitud. Por ejemplo, es desconcertante —¿irónico, gracioso?— el regalo del padre de Tonatiuh a su hijo moribundo: un bonsái que ha cultivado con esmero durante años y que, probablemente, como ocurre con los árboles, los sobrevivirá a los dos y quizás a todos en la casa. Hay algo de natural y a la vez siniestro en la eternidad del bonsái yuxtapuesta a la brevedad del cáncer terminal de Tonatiuh.
La llegada de una médium, traída por una de las hermanas de Tonatiuh para limpiar las energías de la casa y curarlo quizás, abre otra dimensión humana del tiempo, la del pasado, la de los pasados. La médium encuentra atrapada, en una pared de la casa, la energía de la madre de Tonatiuh. Algún tipo de experiencia con la materialidad de aquella pared, cuando aún estaba viva, la ha dejado ahí, creando una fractura entre el ahora y el antes, protegiendo a los que hoy están allí —al menos así lo cree su hija.
Visto de esta forma, el apuro de Sol por encontrarse con su padre que agoniza en alguna parte de aquella casa laberíntica se debe, entre otras razones, a su temprana edad, su inocencia sobre la laxitud del tiempo que los adultos saben ya beberse con poca prisa.
Tótem se cuenta en el tiempo de un día, de la mañana a la noche, lapso humano o divino más que físico. Aquí el sol, el calendario, el tiempo mismo son personajes. Tonatiuh, figura central del calendario azteca, es un dios mesoamericano y en Tótem, un padre moribundo. La impaciencia de Sol, su hija, es acaso una suerte de metáfora sobre la inocuidad del tiempo moderno, que se presenta como una línea recta; mientras que el sosiego de Tonatiuh, que sale de su cuarto al crepúsculo, pero se convierte en centro de la fiesta contiene algo de esa mirada cíclica de los mexicas que era a la vez divina y natural. Tomará algún tiempo —o una eternidad— para que Sol acepte, como Tonatiuh, que la muerte es solo otra etapa de la vida.

